Cuando era niño, hace muchos, muchos años, en la casa de mis abuelos en un pueblo de Castilla, debajo del tejado de la casa había un desván mágico, lleno de polvo, muebles y trastos al que se accedía por unas oscuras escaleras.
Allí te podías esconder y vivir mil aventuras imaginarias en función de lo que hubieras encontrado ese día. Podía ser un baúl con uniformes y correajes, o vestidos de novia y chaqués de antiguas bodas, lámparas de Aladino o no, caballos y muñecas de cartón, juguetes ya olvidados…
Este desván quiere ser algo así. No ya para guardar cosas y vivir aventuras imaginarias -uno ya no tiene edad para eso…- sino para dejar esas cosas que vamos encontrando, que nos divierten o parecen interesantes. Y pasar el rato, que son dos días…

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Hola…me alegra que empieces un blog… te prometo wuer seré asidua…
Cuento con ello. Espero que hagas lo mismo para poder visitarte…
Holo, no sé si acierto bien en la forma de mandar los comentarios… porque no me salen donde quiero…¡me ha encantado la forma de no retroceder de esa infantería! En algunos casos me va a servir…
He viajado un poco con vosotros y ahora sigo vuestros comentarios como si fuera viernes por la noche. Hasta siempre.
Me alegra que tengas tiempo para seguir los comentarios. Es una forma de seguir en contacto. Nos vemos en unos días por allí, pues también echamos de menos los viernes.
Un abrazo